
Si miro hacia atrás, hacia mi infancia, lo primero que me viene a la memoria son los olores, olores a heno y tierra mojada, a mañanas de calderas de carbón encendidas, a caldo y empanada, a leche recién ordeñada y hervida, olores de una infancia en un pueblo, con la vida transcurriendo tras los cristales empañados por la humedad del orballo.
A cielos grises siempre amenazantes y heladas nocturnas que dejaban todo blanco, a mañanas frías de bufanda y pasamontañas camino de la escuela, atravesando todo el pueblo y enfocando la gélida carretera de Taramundi con el frío azotando la cara y atravesando los pantalones de pana, olor a chimeneas que lanzaban sus negros humos al cielo gris.
Recuerdos de noches de vendaval, soplando en las contraventanas y gatos maullando a luz de luna, naturaleza desatada, en plena noche agitando violentamente los arboles y silbando en el tiro de la chimenea, mientras bajaba a cerrar el portón por aquellas larguísimas escalares de madera, portón de madera de roble que a duras penas podía mover.
Navidades de Pollo asado y sidra, nacimiento inmenso y misa de gayo en la capilla de las monjas de la caridad y reyes en Rivadeo.
Cantábrico agitado, multicolor, gris, verde, azul marino casi negro y olas saltando las escolleras de Tapia, mar rugiente en las cavernas, mar bravo y lleno de vida cual amante apasionado que te envuelve en su abrazo para arrebatarte con el a sus profundidades, amante fiel al encuentro sin defraudarte nunca, dándote nuevas sensaciones ahora suave y cariñoso, besando tus pies dulcemente en la arena, ahora viril y brutal poseyendo cada parte de tu ser.
Primaveras de mimosas y praderas floridas de calas y rosas, de flores a María en la capilla del colegio, de Corpus en la Calle Palacio, vestido de marinerito en la Primera Comunión con Misa Solemne y procesión sobre un suelo de espadañas, ahí va el sobrino de Perfetín, el nieto de Don Perfecto, mi identidad era la continuación de otras identidades, ya no era yo, era un apéndice más, el nieto de Doña Fina.
Veranos en Tapia de Casariego, mirando el Cantábrico, olor a mar y salitre a yodo y a bronceador, vamos a saltar olas, playas menguantes o enormes, hoy no se hace pie quizás mañana sí, verano de lapas y cubos y rastrillos y veranos de primeros encuentros furtivos, roces en el agua, primeros besos robados, adolescencia seducida, encuentros en el bosque lejos de miradas indiscretas, rodeados de robles y promesas para el próximo verano, la infancia había acabado.
Unidos por un mismo corazón celta me tomo la libertad de sacar a la luz el comentario de Vulcano Lover
Que a su vez enlazan con mis veranos de verde hierba, mar azul que te quema las pupilas, y lluvia fina que por días, griseaba las conciencias. Y olor a caldo en las casas, humedad en la nariz. Veranos de bocadillos y bosque infinito y frío. viento atlántico siempre en las mejillas, y dulces noches de gaita y xouba. Olas y espuma en la mirada, y fisterra, como un fantasma de la niebla que nos buscaba en las mañanas bajo las botas de plástico. Y el pub de abajo, música ochentera y lágrimas siempre abundantes al partir. Y de nuevo al llegar, ese olor inconfundible de la Galicia mía, que se cuela directamente al alma, que innegablemente me hace decir "ya estoy en casa". Aquellas navidades en la aldea, y las mañanas a buscar la leche de las vacas de las que brotaba nata espesa. Los cristales con vaho y la carne salada deshecha sobre los grelos.
Chimeneas en la tarde naranja sobre el verde impúdico de la ladera. Los eucaliptos aullando por el viento y el tren que pasa en la madrugada, haciendo vibrar la casa. Y mi abuelo haciéndonos jugar a boxeador con él para recordar su exilio cubano. Y los paseos para recoger la escarcha del atardecer... E infinito el silencio de la aldea, infinitas las escuetas columnas de humo sobre las casas de piedra. Los perros ladrando en la noche y el frío húmedo que se cuela hasta dentro, que te encharca y te hace vivo. Inexpugnable verde que te atrapa, y céltica música que te abandona en la oscuridad. Y llueve, siempre llueve y gime un viento que no te deja nunca. Ese nordés que sopla sin piedad, que arranca el ancestro del miedo. Y de nuevo la lluvia interminable, el gris sobre el verde, la morriña que no cesa, la melancolía sobre todo, la belleza en todo...

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